EL CENTINELA PARAGUAYO

Una información alternativa a lo que todos los días vemos y leemos en los medios de comunicación. Enfocando temas variados, pasando por sucesos políticos, noticias económicas, iniciativas de la sociedad civil, luchas de organizaciones sociales. Todo aquellos que muchas veces no tiene cabida en los medios masivos de comunicación, El Centinela Paraguayo lo incluye entre sus análisis.

martes 2 de agosto de 2011

El gran dilema del momento: Política de principios o de resultados?

Juan Díaz Bordenave
diazbordenave@gmail.com

Hubo un tiempo en el Paraguay en el que las personas eran honestas y no lo sabían. La honestidad era parte de la cultura. Las personas se contentaban con lo que ganaban. La palabra valía tanto o más que un documento. Al ser honestos sus miembros, asociaciones y empresas también lo eran. Los funcionarios públicos ganaban sueldos modestos pero jamás le robaban al Estado. Se sentían orgullosos de servir a su país.

Tuve la suerte de pasar mi infancia rodeado de gente así. Mi padre, por ejemplo, era médico militar y fue director de la Sanidad Militar durante La guerra del Chaco. Por sus manos pasaban millones de dólares que la Sanidad pagaba a Bayer, Merck, Schering, y otras fuentes de remedios, materiales y equipos que necesitaba el ejército en campaña. Terminada la guerra recibió, de los militares que derribaron al gobierno liberal, la orden de abandonar el país. Como mi padre no tenía dinero para pagar el pasaje para el exilio, recuerdo a mi madre llorando al ver los muebles de la familia siendo rematados para costear el viaje. 

La honestidad de mi padre no era una excepción sino la regla. Desde el Presidente de la República hasta el último funcionario, todos los servidores del Estado pautaban sus vidas en una cultura de principios y no de intereses individuales. Si se les preguntase en qué principios basaban su conducta honesta, tal vez no entendiesen la pregunta. Era lo natural.

¿Cuándo fue que cambiamos?

Yo no sabría apuntar al momento y las circunstancias en que la cultura de la honestidad cedió lugar al pragmatismo moral que hoy nos caracteriza. Unos dicen que el cambio ocurrió cuando llegó al Paraguay la American Way of Life, primero a través de los militares paraguayos que iban a Panamá a recibir entrenamiento y observaban como vivían sus colegas estadounidenses: bellas casas, dos autos por familia, heladeras repletas de cerveza. Y después, cuando penetraron en el país los contenidos consumistas del cine, la radio y las revistas yanquis, complementados por la abertura del Paraguay al turismo y los negocios.
Como los salarios no alcanzaban para satisfacer las nuevas necesidades producidas por el consumismo, la clase dominante apeló a la corrupción, inicialmente tímida y escondida, pero cada día más audaz y ostensiva. En todo caso, la pacata vida de la burguesía paraguaya, y su tradicional simplicidad de costumbres, fueron sustituidas por el “consumo conspicuo” de Thorstein Weblen (*), el que culminó más tarde en el “nuevorriquismo” facilitado por el boom de Itaipú.

A partir de esta liberación general de su antigua sobriedad, el Paraguay se convirtió en el país de los autos Mercedes Benz y las camionetas 4 x 4 y alcanzó la dudosa gloria de ocupar el segundo lugar mundial en corrupción, sólo perdiendo el primero, según las malas lenguas, mediante el soborno del ocupante de dicho puesto, el Camerún. 

El “todo vale” imperante en la vida social tuvo su contrapartida en la política nacional, que pasó a regirse por la idea de que “es dando que se recibe” (expresión paradójicamente parte de la oración de San Francisco (**)). Esta idea que hoy llamamos “prebendarismo”. 

La realpolitik

Idealmente, los gobiernos deberían regir su comportamiento – como lo hacemos las personas – por principios y normas éticas y no por intereses sectarios y por la ambición de poder y dominio. Sin embargo, existe una noción generalizada de que los gobiernos pueden tomar medidas que al nivel personal serían consideradas inmorales. Esto es lo que se llama “realpolitik”, o sea, política realista, política de resultados y no de principios. 

Un caso de realpolitik practicado en el Brasil fue el llamado “mensalão”, por el cual el gobierno pagaba una mensualidad a los líderes de bancada de partidos opositores para que votasen en favor de los proyectos oficialistas en el Parlamento. En el Paraguay, un craso ejemplo de realpolitik es la ley que permite al Congreso aprobar la creación de nuevas universidades, sin el dictamen técnico de los organismos especializados. También constituye flagrante realpolitik el reciente auto aumento de sus sueldos por los parlamentarios de Brasil y Paraguay. 

Al nivel internacional, la realpolitik es frecuente: son ejemplos evidentes de su práctica el cierre por Chile del acceso boliviano al mar, el tratado leonino de Itaipú y la construcción de casas para colonos israelíes en tierras palestinas. La obra maestra de realpolitik del gobierno norteamericano fue la imposición de dictaduras militares en nuestro continente. 

La impunidad 

Una terrible consecuencia de la adopción de la política de resultados como algo bueno y normal en un país, es la generalización de la impunidad. Ella es gravísima, no solamente porque implica la bancarrota de la justicia, sino porque ejerce una influencia anti educativa nefasta sobre la población. Dos simples ejemplos ilustran este enorme peligro: 

En el Congreso paraguayo, un poderoso senador confiesa que participó en un importante fraude electoral. Hasta ahí, simple realpolitik. Pero este crimen no recibió sanción alguna. Pregunta: ¿cómo puede el pueblo exigir sanciones para los jueces que aceptan libertar narcotraficantes? ¿Cómo cobrar de ex presidentes de la nación que expliquen cómo adquirieron mansiones y estancias? ¿Cómo acusar a los policiales de coimeros?
Tanto en el Brasil como en el Paraguay el uso del cinturón de seguridad en los vehículos es obligatorio y está sujeto a severas penalidades. Pero en cuanto en el Brasil hasta mis nietos me exigen que me coloque el cinturón, en el Paraguay a los policiales del tránsito no les interesa en absoluto que la mayoría de los conductores de vehículos, tanto privados como oficiales, no lo utilicen.

El ejemplo de los líderes

Una de mis convicciones más profundas es que todo pueblo guarda en su corazón el deseo de ser honesto, de ser justo. Todos queremos ser mejores ciudadanos. Pero queremos que nuestros líderes nos den el ejemplo. Cuando en el Brasil Janio Quadros ganó la presidencia de la República agitando una escoba, con la cual pretendía barrer la corrupción, millones de brasileños decidieron ser honestos. Cuando John Kennedy proclamó su “Nueva Frontera” y electrizó a sus compatriotas con la frase: “No piensen en lo que su país puede hacer por Uds. sino en lo que Uds. pueden hacer por su país”, millones de norteamericanos tomaron iniciativas idealistas. Cuando Fernando Lugo venció el 20 de abril de 2008, centenares de paraguayos, incluyendo miles de colorados, resolvieron apoyar el Cambio. 

Ahí está la enorme responsabilidad de los líderes: ser modelos para sus pueblos. 

Crear tradiciones

¿Cómo canalizar el deseo reprimido del pueblo de vivir vidas mejores y ayudar a construir un país más fraterno y feliz? No lo sé, pero conozco uno de los caminos. Se trata de iniciar tradicionales de conducta, basadas en el honor y el compromiso, que llevan a la gente a ser fieles a su conciencia. Dos ejemplos:

En el Brasil, la Universidad de Viçosa pertenecía a una iglesia protestante. El rector percibió que muchos alumnos copiaban en los exámenes y convocó a una reunión donde planteó el problema de la falta de honestidad que copiar implica. Un grupo de alumnos le presentó al rector la idea de crear un Código de Honor patrocinado por ellos, los estudiantes. De ahí en adelante, y hasta ahora, no se puede copiar en Viçosa, porque los estudiantes no lo permiten. Cuando un profesor da una prueba escrita, reparte las preguntas y se retira de la sala. Un profesor amigo mío me contó que, en ocasión de una prueba escrita de su materia, se le acercó un grupo de alumnos con el inusitado pedido de que se quedara en la sala durante el examen. Los alumnos fueron francos: “Muchos tenemos promedios muy bajos y su materia es nuestra última oportunidad de levantarlos. Necesitamos copiar, profesor. Pero si Ud. se va no podemos”.
Es de madrugada en Santiago de Chile y el taxi que me lleva al hotel para en una luz roja, en un lugar desierto. “¿Por qué paró?”, le pregunto al conductor. “¿No vio que la luz estaba roja?”, me responde. “Pero a estas horas, en este lugar vacío...”, comento. “No, señor. Un paco puede estar escondido por ahí y la multa sería altísima”.
Como vivo en el Paraguay, le digo: “¿Y una propina no arreglaría el asunto?”. “¡Dios nos libre!”, exclama el chofer. “Pasar la luz roja me saldría una fortuna. Por tratar de sobornar a un paco no salgo más de la cana”.
Los “pacos”, es decir, los carabineros de Chile, son los mejores policiales que he conocido. Ganan más o menos lo mismo que los policiales en general, pero son incorruptibles. Mantienen una tradición institucional que los dignifica y distingue.

Este es el momento de ser o no ser

Para los paraguayos, este el momento del To be or not be (ser o no ser). Todo indica que, de aquí a un tiempo, el Paraguay pasará, de país pobre y atrasado, a ser un país industrializado y productivo. Cuando eso ocurra, el país será invadido por inversionistas, técnicos y comerciantes de todos los países. Si no nos preparamos éticamente ahora, el Paraguay se convertirá en un mercado persa, dominado por el capitalismo salvaje. 

Si en el pasado el pequeño boom de Itaipú sumió a nuestro país en un craso materialismo, no cuesta imaginar lo que hará de él la riqueza proveniente de nuestras dos hidroeléctricas, de la explotación del Acuífero Guaraní, del desarrollo productivo del Chaco, de los avances de nuestra agropecuaria y nuestra industria. 

Ahora bien, mientras en el boom de Itaipú estábamos gobernados por una dictadura corrupta, ahora tenemos un gobierno que lucha “como gato panza arriba” por mantener una cierta fidelidad a la ética y la decencia. El mayor obstáculo para lograrlo es la falta de un Proyecto de País en el que, definitiva y radicalmente, resolvamos ser fieles, como nación, a nuestros principios y tradiciones, por encima de las aparentes y efímeras ventajas de los resultados. “¿De qué les sirve ganar el mundo si pierden su alma?” preguntaba Jesús. “Busquen la Verdad y la Verdad les hará libres”. 

Este es el momento de construir nuestro Proyecto de País. Y de vivirlo plenamente.





(*) Thorstein Veblem, sociólogo norteamericano de origen noruego, estudió los modos usados históricamente para tornar “conspicuo” (visible) el status social. Según Veblem, de la “destrucción conspicua” en los pueblos primitivos, se pasó al “consumo y ocio conspicuos”, para llegar, más recientemente, a la “producción conspicua”.

(**) La oración de San Francisco dice en su final: “Señor, haced que yo procure más consolar que ser consolado, comprender que ser comprendido, perdonar que ser perdonado. Amar que ser amado. Porque es dando que se recibe, es perdonando que se es perdonado y es muriendo que se vive para la vida eterna”.

Fuente: Semanario E'a

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